Diecisiete años contra corriente: amor, negocios y el precio de vivir en público

Samuel Beníquez-Méndez y Alexander Sánchez-Maldonado, empresarios puertorriqueños y cocreadores de SX Consent, al cumplir 17 años de relación.
De izquierda a derecha: Alexander Sanchez Maldonado y Samuel Beniquez Mendez

Samuel Beníquez Méndez y Alexander Sánchez Maldonado cumplieron el 24 de agosto 17 años de relación. Su historia atraviesa una de las controversias familiares más conocidas de Puerto Rico, la lucha pública por derechos de las parejas del mismo sexo, campañas premiadas, emprendimientos, reveses, reinvenciones y una pregunta que terminó convirtiéndose en tecnología: cómo proteger una vida privada cuando una fotografía, una conversación o una relación pueden convertirse en contenido público permanente.

SAN JUAN, Puerto Rico — 9 de septiembre de 2026. Cuando Samuel Beníquez-Méndez mira hacia el 24 de agosto de 2009, no recuerda primero una empresa, una campaña publicitaria ni un tribunal. Recuerda un balcón en Condado.

Aquella noche esperaba en su apartamento a un amigo. Beníquez atravesaba uno de los períodos más difíciles de su vida, marcado por el conflicto familiar que años después colocaría su nombre frente al de Teófilo Vargas Seín, “Aarón”, máximo líder de la Congregación Mita, en uno de los litigios de filiación más públicos de Puerto Rico.

Según relata Beníquez para este reportaje, mientras se bañaba y lloraba pidió a Dios que llegara a su vida una persona capaz de comprenderlo, amarlo y permanecer a su lado.

Entonces sonó el timbre.

Su amigo no llegó solo.

Desde el balcón, Beníquez vio por primera vez a Alexander Sánchez Maldonado.

Recuerda el cabello rizado de aquel joven y, sobre todo, una sensación difícil de describir sin recurrir al lenguaje de la memoria íntima: la impresión de estar mirando a alguien que ya conocía.

No comenzaron una relación esa noche. Dos meses después, Facebook hizo lo que entonces hacía con frecuencia: colocó el rostro de Sánchez entre aquellas personas que su algoritmo sugería como posibles conocidos. Beníquez envió una solicitud de amistad. Sánchez la aceptó. Luego llegó una invitación a cenar.

Y, después de aquella primera salida, comenzaron a construir una vida que el pasado 24 de agosto cumplió 17 años.

Para ellos, la relación se desarrolló de una manera poco convencional incluso para una pareja estable: no solo comparten el hogar, sino empresas, proyectos, decisiones, riesgos económicos y jornadas de trabajo.

“Nosotros decimos que nuestra relación es 360 grados”, explican en declaraciones suministradas para este reportaje. “Estamos juntos como pareja y como socios. Trabajamos juntos, comemos juntos, planificamos juntos y prácticamente hemos construido nuestra vida completa juntos.”

Esa cercanía ha sido su mayor fortaleza.

También, aseguran, ha tenido un precio.

Una relación bajo la mirada pública

Mucho antes de que ambos intentaran construir empresas tecnológicas, la vida privada de Beníquez ya había dejado de ser privada.

En 2012, el Tribunal Supremo de Puerto Rico atendió el complejo litigio de filiación iniciado por Beníquez y su madre biológica, Antonia Beníquez Seguí, relacionado con Teófilo Vargas Seín. Los expedientes judiciales muestran una controversia que se había extendido durante años y que involucraba adopción, filiación biológica y cuestiones procesales de considerable complejidad.

En marzo de 2013, una prueba genética confirmó que Vargas Seín era el padre biológico de Beníquez. El resultado ocupó titulares en la prensa puertorriqueña y convirtió definitivamente un conflicto familiar en un asunto de conocimiento público.

La exposición no terminó con el ADN.

Beníquez ha hablado públicamente sobre las burlas y el discrimen que asegura haber enfrentado después de hacerse visible no solo por aquella controversia, sino también como hombre gay. En una entrevista de 2013 recogida por Primera Hora, relató haber recibido burlas relacionadas con su voz y sus manerismos.

Para entonces, Sánchez ya estaba a su lado.

Y juntos decidieron que su relación tampoco sería clandestina.

De pareja privada a activistas públicos

En mayo de 2013, Beníquez y Sánchez intervinieron públicamente en uno de los debates legislativos más importantes de aquella década para la comunidad LGBTQ+ puertorriqueña.

Pidieron apoyo para el Proyecto del Senado 238, legislación destinada a prohibir el discrimen laboral por orientación sexual e identidad de género. En aquel momento hablaron abiertamente de su relación homosexual y de experiencias de discrimen. “Nosotros conocemos el discrimen muy bien”, dijeron para el periódico Primera Hora al hacer público su reclamo.

El proyecto terminó convirtiéndose en la Ley 22-2013, aprobada el 29 de mayo de 2013, que estableció como política pública de Puerto Rico el repudio al discrimen laboral por orientación sexual o identidad de género en los sectores público y privado.

Dos años más tarde, cuando el Tribunal Supremo de Estados Unidos reconoció constitucionalmente el matrimonio entre personas del mismo sexo, Beníquez y Sánchez volvieron a aparecer públicamente como pareja.

Metro Puerto Rico los reseñó en junio de 2015 en el contexto de la histórica decisión. Sánchez describió entonces la posibilidad de formalizar jurídicamente su relación como un paso hacia ser tratados como ciudadanos con iguales derechos legales, mientras Beníquez reclamó al gobernador Alejandro García Padilla que implementara inmediatamente el matrimonio igualitario en Puerto Rico.

Aquella exposición pública importa para entender lo que vendría después. Para entonces, su relación ya formaba parte de su vida pública y ambos habían hablado abiertamente sobre discrimen, igualdad y dignidad. Con el paso de los años, aseguran, algunas de esas mismas tensiones también aparecerían en el terreno profesional.

El discrimen después de la ley

Tener protección legal no significa que desaparezca la discriminación.

La experiencia que Beníquez y Sánchez describen incluye contratos que aseguran haber perdido, oportunidades que entienden se cerraron y relaciones comerciales que, según relatan, cambiaron después de conocerse que además de socios eran pareja. Ambos han optado por no identificar públicamente a las empresas o personas involucradas, precisamente para evitar señalamientos que puedan causar daño a terceros, aun cuando sostienen que esas experiencias sí tuvieron consecuencias personales, profesionales y económicas para ellos.

Pero el fenómeno que describen tampoco existe en el vacío.

La experiencia que describen encuentra eco en estudios más amplios sobre discrimen laboral. El Williams Institute de UCLA School of Law reportó en 2024 que 47% de los trabajadores LGBTQ encuestados había experimentado discrimen o acoso laboral en algún momento de su vida; entre trabajadores LGBTQ latinos, otro estudio del instituto elevó esa proporción a 58%. Las cifras no permiten atribuir a discrimen ninguna decisión comercial específica que haya afectado a Beníquez y Sánchez, pero sitúan su relato dentro de un fenómeno documentado más allá de su experiencia personal.

“Hay personas que nos conocen como profesionales y todo funciona perfectamente”, sostiene Beníquez. “Pero hemos vivido ocasiones en las que, cuando descubren que no solamente somos socios, sino que somos pareja, la relación cambia. A veces simplemente se cierra la puerta.”

Sánchez describe el efecto de forma menos abstracta.

“Uno aprende que puede hacer un trabajo extraordinario y aun así existir una persona que primero vea tu orientación sexual y después vea tu talento y valor”, afirma. “Eso obliga a uno a hacerse más fuerte, pero también a buscar formas de no depender de una sola puerta.”

Dos personas, varias profesiones

Esa necesidad de no depender de una sola puerta ayuda a explicar la diversidad de actividades empresariales que ambos han desarrollado.

Beníquez llegó al mundo empresarial desde una trayectoria particularmente ecléctica. Su biografía oficial documenta estudios musicales desde niño —clarinete, flauta y saxofón— y una etapa temprana, a sus 16 años de edad, como procesador de datos en el Gobierno de Puerto Rico. Posteriormente trabajó en cooperativismo, seguros, inversiones y servicios financieros, mientras estudiaba Administración de Empresas con concentración en Mercadeo en la Universidad Interamericana. Su biografía atribuye a su trayectoria posterior empresas en finanzas, construcción, educación, música, producción y comunicaciones. 

Sánchez siguió otra ruta.

Nacido en Caguas en 1990, su biografía profesional lo identifica como graduado de Full Sail University con una licenciatura en Diseño Gráfico. A lo largo de su carrera ha trabajado en identidad visual, diseño digital, branding, comunicaciones y dirección creativa.

En las descripciones que ambos hacen de su trabajo cotidiano, sin embargo, las fronteras profesionales se han ido borrando. Hablan de tecnología, inteligencia artificial, programación, desarrollo de aplicaciones, publicidad, diseño, música y estrategia como disciplinas complementarias, no como departamentos aislados.

La metáfora que utilizan para explicar esa diversificación es mucho menos sofisticada que sus estructuras corporativas.

“Poner los huevos en distintas canastas.”

“Si tienes todos los huevos en una sola canasta y esa canasta se cae, perdiste todo”, explica Beníquez. “Nosotros decidimos que no podíamos depender solamente de que una compañía quisiera contratarnos, tuviera presupuesto o estuviera cómoda con quiénes somos.”

Una trayectoria reconocida dentro y fuera de Puerto Rico

Esa diversificación profesional también produjo reconocimiento. A lo largo de sus años como socios, Beníquez y Sánchez han desarrollado proyectos en publicidad, comunicaciones, producción, creatividad y estrategia empresarial que, de acuerdo con sus historiales corporativos, han acumulado más de 43 premios, nominaciones y reconocimientos dentro y fuera de Puerto Rico.

Parte de esa trayectoria aparece documentada también en fuentes periodísticas independientes. En 2011, Primera Hora reseñó a Beníquez como empresario que había recibido ocho reconocimientos de WORLDCOB y una estatuilla Platinum en los MarCom Awards, distinciones vinculadas al desempeño empresarial y a la industria de las comunicaciones. Un año después, los historiales profesionales de Beníquez y Sánchez registraron además una nominación al Emmy en 2012 por la campaña de servicio público “Date Cuenta… ¡Oriéntate! Detén el Bullying”, desarrollada para AT&T y la Oficina de la Primera Dama de Puerto Rico.

En 2015, The Birmingham Times volvió a documentar a ambos entre los representantes de AVFA reconocidos por WORLDCOB durante The Bizz 2015, en una etapa en la que buena parte de su trabajo conjunto se concentraba en publicidad, comunicaciones estratégicas y desarrollo de campañas.

La trayectoria de Beníquez se extendió también a la industria musical. Ha documentado su participación como miembro votante de The Recording Academy y The Latin Recording Academy, además de haber recibido un reconocimiento por una década de membresía y apoyo a la misión de la organización.

Para Beníquez y Sánchez, esas distinciones forman parte de una historia profesional construida en paralelo con su vida como pareja. Durante los mismos años en que compartían un hogar, atravesaban controversias públicas y enfrentaban las dificultades propias de levantar empresas, también desarrollaban proyectos que comenzaban a recibir reconocimiento en Puerto Rico y fuera de la Isla.

Y precisamente de ahí surge una de las paradojas que ambos identifican en su trayectoria: mientras la controversia personal logró convertirlos con facilidad en noticia, conseguir atención para el trabajo empresarial construido durante esos mismos años resultó mucho más difícil.

La atención que llega con el escándalo y desaparece con la empresa

Beníquez reconoce una paradoja que todavía le incomoda. Durante los años más intensos de su litigio de filiación hubo titulares, entrevistas, televisión y seguimiento judicial. Cuando la historia pasó de los tribunales a las empresas, asegura, la atención cambió.

“Cuando había controversia, todo era noticia”, afirma. “Pero cuando vienes a decir: levantamos una compañía, creamos empleos, desarrollamos tecnología, sobrevivimos a momentos difíciles, entonces muchas veces ya no eres una historia; eres un posible cliente para comprar publicidad.”

Ambos observan además otra transformación: las redes sociales han permitido que cualquier profesional o empresario pueda construir una audiencia sin depender de los medios tradicionales, pero también han hecho más difícil distinguir entre visibilidad y experiencia. Beníquez cuestiona especialmente aquellos casos en que una imagen cuidadosamente construida de éxito —automóviles, relojes, residencias o consumo de lujo— termina funcionando como sustituto de una trayectoria verificable.

“No estoy diciendo que toda persona que tenga éxito en las redes sociales sea así; hay creadores extraordinarios”, aclara. “El problema comienza cuando la apariencia sustituye a la experiencia y el público ya no sabe distinguir una cosa de la otra.”

Sánchez ve el mismo fenómeno desde el diseño y la creatividad. Para él, el problema no es quién posee un título universitario ni quién aprendió fuera de las aulas, sino si detrás de una oferta profesional existen conocimientos, resultados y responsabilidad.

“Hay personas sin un título universitario que son extraordinarias y hay personas con muchos títulos que no lo son”, añade Beníquez. “Lo que nosotros defendemos es la trayectoria verificable: lo que hiciste, lo que sabes hacer, lo que entregaste, a quién respondes cuando algo sale mal y qué reputación has construido durante los años.”

Esa experiencia ayuda a explicar por qué, después de años dependiendo parcialmente de clientes, contratos y presupuestos ajenos, comenzaron a orientar una parte mayor de su trabajo hacia productos propios.

Una campaña que no encontró respaldo

En 2025, Beníquez y Sánchez intentaron convertir parte de su experiencia en publicidad y comunicaciones en una campaña de servicio público dirigida a personas con diabetes, una población que, a su juicio, recibe menos atención institucional y mediática de la que merece.

La propuesta tenía una característica poco habitual: no solicitaba fondos públicos. Según relatan ambos empresarios, estaban dispuestos a asumir con recursos propios los costos de conceptualización, producción y ejecución de la campaña. Lo que buscaban de determinadas agencias gubernamentales era únicamente su endoso institucional y colaboración para amplificar el mensaje.

Hubo acercamientos y varias reuniones. La iniciativa, sin embargo, no prosperó.

“Lo que más nos frustró fue que no estábamos llegando a pedir dinero”, recuerda Beníquez. “Estábamos diciendo: nosotros ponemos los recursos, hacemos el trabajo y queremos aportar a una comunidad que necesita atención. Lo único que pedíamos era voluntad para respaldar el esfuerzo.”

Sánchez conserva una impresión similar de aquel proceso.

“Uno piensa que cuando llega con una propuesta que no representa un costo para el Gobierno y que tiene un propósito de salud pública, lo más difícil ya está resuelto”, señala. “Pero descubrimos que incluso un buen proyecto puede quedarse detenido simplemente porque nadie termina de asumirlo.”

Para ambos, el episodio de 2025 quedó como una de esas experiencias menos visibles de su trayectoria: proyectos que nunca llegaron al público, no por falta de recursos o disposición de sus promotores, sino porque los respaldos institucionales necesarios nunca terminaron de materializarse por inacción.

El giro hacia productos propios

Con los años, esa combinación de experiencia publicitaria, desarrollo digital y deseo de reducir dependencia de contratos tradicionales comenzó a transformar el modelo empresarial de la pareja.

Hoy, Beniquez Sanchez and Company LLC se presenta como empresa matriz de BS and Co AI Labs, BS4PYMES y BS and Company Agency, dedicadas respectivamente a tecnología e inteligencia artificial, servicios para pequeñas y medianas empresas y comunicaciones estratégicas.

En enero de 2026, BS4PYMES anunció el lanzamiento de su plataforma de inteligencia artificial y presentó a Beníquez como CEO y a Sánchez como Chief Creative Officer.

El cambio de dirección tiene una lógica económica sencilla.

Una aplicación puede fracasar.

También puede crecer.

Pero, a diferencia de un negocio sustentado principalmente en contratos de terceros, un producto propio les permite reducir la dependencia de decisiones ajenas. Para Beníquez y Sánchez, ahí radica parte de su atractivo: que el futuro de una idea no quede condicionado por la decisión de un cliente, por la existencia de un presupuesto corporativo o por la percepción que un tercero tenga sobre quienes son.

Las historias privadas que cambiaron la conversación

El origen de una de sus aplicaciones más recientes no estuvo, según ellos, en un estudio de mercado.

Estuvo en historias de personas cercanas.

Por tratarse de experiencias privadas de terceros, Beníquez y Sánchez omiten nombres y otros detalles que permitirían identificarlos.

El primero, aseguran, corresponde a un hombre gay que nunca había revelado su orientación sexual a su familia. Tras terminar una relación con una persona de posición influyente, habría comenzado a recibir amenazas de exposición ante sus padres y en la empresa familiar donde trabajaba.

Su miedo no era únicamente emocional.

Según el relato suministrado por la pareja, creía que podía perder su relación familiar, su empleo y beneficios patrimoniales.

El segundo caso, cuentan, fue el de una mujer que mantuvo durante meses una relación sexual con un profesional prominente. Cuando decidió terminarla para comenzar una relación estable con otra persona, dice la pareja, comenzaron amenazas de revelar públicamente detalles íntimos de aquella relación.

Lo relevante para Beníquez y Sánchez fue la misma pregunta que aparecía en ambas historias:

¿ Qué puede hacerse antes de que la intimidad termine convertida en instrumento de presión o amenaza?

La idea concreta, dicen, surgió de Sánchez.

Y, según recuerda la pareja, también ocurrió mientras se bañaba.

“Pensé que tenía que existir alguna forma de establecer desde antes que una conversación, una imagen, una visita privada o la intimidad de una persona no se conviertan después en un arma”, explica Sánchez.

De ahí nació SX Consent.

Cuando la privacidad se convierte en contrato

La aplicación móvil SX Consent, desarrollada por una de las empresas de la pareja, no funciona como una plataforma para buscar personas. No ofrece perfiles públicos, swiping, búsqueda abierta, matching ni un feed social. El proceso comienza cuando una persona ya conoce a otra y le envía una invitación privada antes de un encuentro offline. Entre esos escenarios están las personas que conocieron a alguien mediante una dating app u otra plataforma online y, antes de encontrarse offline, quieren verificar con quién se reunirán, establecer expectativas de privacidad y documentar previamente sus compromisos de confidencialidad.

Esa invitación incorpora un acuerdo que establece obligaciones sobre confidencialidad, no divulgación, publicaciones en redes sociales, fotografías, dispositivos, grabaciones y uso de imagen o voz. El sistema conserva además determinados registros digitales asociados al proceso, como firmas, fechas, identificadores y cambios de estado.

El contrato contempla daños liquidados para ciertos incumplimientos, con cantidades que pueden alcanzar seis cifras dependiendo de la conducta y de las condiciones pactadas. Esas cantidades no son multas gubernamentales ni son automáticamente cobrables: su exigibilidad dependería del derecho aplicable, de los hechos y, eventualmente, del análisis de un tribunal o árbitro.

Cuando la intimidad digital llega al Código Penal: la Ley 135-2026

La preocupación que llevó a Beníquez y Sánchez a desarrollar SX Consent coincide con un debate que ya trascendió las aplicaciones de citas y llegó a los tribunales y a las legislaturas.

En Estados Unidos, plataformas como Tea y los grupos “Are We Dating the Same Guy?” surgieron como espacios para compartir advertencias sobre posibles riesgos antes de una cita, particularmente entre mujeres. Su crecimiento, sin embargo, también abrió controversias sobre privacidad, anonimato, reputación y los límites entre una experiencia subjetiva y una afirmación legalmente difamatoria. Tea, que llegó a reunir millones de usuarias, sufrió en 2025 brechas de seguridad que expusieron fotografías, documentos utilizados para verificación y mensajes privados. Casos como el de Nikko D’Ambrosio, en Chicago, evidenciaron además las limitaciones de la legislación tradicional sobre difamación: su demanda relacionada con publicaciones en uno de esos grupos fue desestimada en 2025, decisión confirmada por un tribunal federal de apelaciones en 2026, entre otras razones porque determinadas expresiones fueron consideradas opiniones y no afirmaciones de hecho jurídicamente accionables. Un acuerdo previo de confidencialidad no permite saber si aquel litigio habría tenido un resultado distinto. Sí habría podido añadir una cuestión contractual separada: además de determinar si una publicación era jurídicamente difamatoria, habría sido posible evaluar si determinadas conductas incumplieron obligaciones de confidencialidad previamente aceptadas.  

Puerto Rico, entretanto, acaba de moverse en otra dirección.

El 15 de julio de 2026, la gobernadora Jenniffer González Colón convirtió en ley una medida que amplió significativamente la protección contra la divulgación no consentida de material íntimo. La Ley 135-2026 enmendó la Ley Contra la Venganza Pornográfica de Puerto Rico para tipificar como delito grave no solo la divulgación, sino también la amenaza de difundir, divulgar, revelar, ceder o entregar a terceros material explícito de una persona sin su autorización, incluso cuando la divulgación nunca llegue a concretarse. La legislación establece una pena fija de tres años de reclusión y amplía la definición de “material explícito” para abarcar contenido real, alterado, falsificado o generado mediante tecnología que represente o aparente representar a la víctima en un contexto íntimo o sexual.

La ley contiene una precisión particularmente relevante para la era digital: haber consentido a la creación, recepción o intercambio de material íntimo no equivale a autorizar posteriormente su divulgación o la amenaza de divulgarlo.

Es precisamente en ese punto donde Beníquez y Sánchez entienden que una herramienta como SX Consent puede adquirir un valor documental adicional. Antes de un encuentro privado, su sistema permite que las partes firmen un acuerdo que establece por escrito determinadas obligaciones sobre confidencialidad, divulgación, fotografías, grabaciones, dispositivos, redes sociales, imagen y voz. Si posteriormente surgiera una controversia, ese documento podría aportar contexto sobre qué restricciones fueron aceptadas y qué expectativas de privacidad existían entre las partes.

Eso no significa que un acuerdo de SX Consent determine por sí solo que se cometió un delito, ni que sea requisito para presentar una querella bajo la Ley 135-2026. La investigación criminal, el valor probatorio y la admisibilidad de cualquier documento corresponden a las autoridades y, en última instancia, a los tribunales. Pero la existencia de un acuerdo firmado puede añadir una dimensión jurídica importante: podría ser presentado como evidencia de que ambas partes habían establecido previamente obligaciones concretas de confidencialidad, restricciones sobre divulgación, imágenes, grabaciones o contenido íntimo y, paralelamente al proceso penal, podría ser relevante, además, en una reclamación civil independiente por incumplimiento contractual o daños, sujeto a la validez, aplicabilidad y exigibilidad de las disposiciones pactadas. En lugar de comenzar únicamente con versiones contrapuestas sobre lo que se había entendido como privado, existiría un registro previo, firmado y verificable de las obligaciones que ambas personas aceptaron antes del encuentro.

“Cuando Alexander y yo comenzamos a pensar en esta tecnología, no existía todavía esta nueva ley en Puerto Rico”, señala Beníquez. “Pero la ley confirma que la amenaza de utilizar la intimidad de otra persona como mecanismo de presión es un problema real y suficientemente serio como para que el Estado haya decidido tipificarlo expresamente.”

Sánchez lo plantea desde la prevención: “La tecnología no puede impedir todas las malas acciones. Lo que sí puede hacer es ayudar a que las personas dejen menos cosas importantes a la interpretación. Para nosotros, privacidad significa que las reglas estén claras antes de que exista un problema.”

La nueva legislación puertorriqueña y los conflictos que ya se observan fuera de la Isla apuntan hacia una misma realidad: la vida privada de una persona puede ser utilizada, reproducida, alterada o distribuida con una facilidad que no existía cuando Beníquez y Sánchez comenzaron su relación hace 17 años.

Y es precisamente ahí donde su historia personal vuelve a encontrarse con la tecnología que ahora desarrollan.

Diecisiete años después

La noche en Condado ocurrió antes de que existiera el matrimonio igualitario en Puerto Rico.

Antes de Tea.

Antes de que un screenshot pudiera convertirse en evidencia, meme, arma reputacional o pieza de litigio en cuestión de minutos, multiplicarse en segundos y permanecer durante años.

Antes de que Beníquez y Sánchez imaginaran empresas de inteligencia artificial.

Antes de que aparecieran juntos públicamente defendiendo derechos civiles.

Antes de muchas de las campañas premiadas, controversias, empresas y tecnologías que terminarían marcando su vida en común.

Hoy continúan trabajando juntos.

La relación que comenzó con una mirada desde un balcón terminó atravesando tribunales, debates legislativos, campañas publicitarias, empresas que nacieron y otras que cambiaron de rumbo.

Beníquez todavía utiliza la metáfora de las canastas.

Sánchez prefiere hablar de construir.

Los dos conceptos terminan en el mismo lugar.

Diversificar para sobrevivir.

Crear para no depender.

Y proteger lo privado porque ambos aprendieron muy temprano que, una vez una vida se vuelve pública, recuperar el control sobre ella puede ser mucho más difícil.

“Nosotros no sabemos qué va a ocurrir en los próximos 17 años”, dice Sánchez. “Pero después de vivir todo esto juntos, sabemos una cosa: lo vamos a enfrentar juntos.”

Para una pareja cuya historia ha transcurrido durante casi dos décadas entre el amor, los negocios y la exposición pública, quizá esa sea la única promesa que no necesita contrato.

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